La disciplina, un fin en sí misma

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Carolina Fernández del Pino Vidal
Secretaria de Acción Sindical

Este verano Alberto Royo, un profesor, músico y autor de libros sobre la educación, mantuvo una conversación en Twitter sobre la disciplina. Se inició cuando alguien aludió a lo necesaria que era para poder desarrollar cualquier actividad educativa y derivó hacia el planteamiento de que, en realidad, además de ser necesaria para poder impartir clase, la disciplina tenía valor por sí misma.

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Nunca me había detenido a pensarlo, pero en cuanto lo plantearon me di cuenta de que tenían razón. La disciplina es un valor humano, un hábito que debe enseñarse no solo por su importancia como elemento necesario para cualquier entorno educativo, sino sobre todo por el valor que tiene para el desarrollo de las personas y la convivencia en la sociedad.

La palabra “disciplina” viene de discere, “aprender”. Una de las definiciones que más me gusta es “manera ordenada y sistemática de hacer las cosas, siguiendo un conjunto de reglas y normas”.

Cualquier actividad, desde la más nimia, tiene unas reglas y normas que la rigen: cocinar, tocar un instrumento, utilizar las escaleras mecánicas del metro, conducir, etc.

La palabra "disciplina"
viene de discere, “aprender”

Toda vida feliz se asienta necesariamente sobre la disciplina. Nos permite enfrentarnos a cada aspecto de nuestras vidas, no solo a esas que son consideradas actividades laborales o estudiantiles sino también, por ejemplo, a las relaciones personales. Las relaciones humanas solo podrán funcionar y ser satisfactorias para ambas partes si somos disciplinados. Yo me disciplino para comportarme o realizar acciones que a priori pueden no apetecerme, pero que son beneficiosas para la relación o para la otra persona y para mí misma. La disciplina coarta el instinto primitivo de reaccionar en cada momento de forma natural, lo que podría dañar a las otras personas o a mí. El instinto natural lo tenemos todos, y sin educar, sin disciplinar nuestra vida, tal como la conocemos no sería posible.

La disciplina la enseñamos “transversalmente” en cada actividad que desarrollamos en los centros educativos, pero si no fuese así, tendríamos que incluir una asignatura que se denominase “disciplina”, porque merece una inversión de tiempo para que nuestros alumnos puedan aprender a utilizar este instrumento necesario para alcanzar sus metas tanto profesionales como personales.

Sin embargo, cierto sector de la sociedad ha puesto todo su empeño en “ensuciar” y “difamar” esta palabra. Nos han intentado avergonzar a quienes la consideramos necesaria, dando a entender que somos medio sádicos y medio incompetentes por tener que recurrir a ella para poder dar clase. La relacionan directamente con la “fuerza bruta”, alegando que los alumnos por sí solos van a saber lo que les conviene y actuar en consecuencia mucho antes de convertirse en personas educadas y maduras. Debe ser que no vieron ni leyeron Pinocho o no saben mucho sobre la naturaleza humana.

Cierto sector de la sociedad
ha puesto todo su empeño
en “ensuciar” y “difamar”
esta palabra

El libro El señor de las moscas relata cómo unos niños que naufragan en una isla se van despojando de las reglas de la sociedad y acaban sumidos en la barbarie o en un orden natural basado en la fuerza bruta, igual que en el reino animal. Los fuertes imponen su voluntad y los débiles o diferentes son asesinados o sometidos sin piedad.

 La disciplina es una actitud que solo un ser humano educado y que ha madurado puede ejercer. Supone que el individuo ha llegado a comprender que la recompensa a un esfuerzo no es necesariamente inmediata y que toda actividad, para llegar a buen fin, requiere cierto sacrificio y esfuerzo.

 El desprestigio intencionado de la palabra “disciplina” también lo han ejercido sobre otros instrumentos como “aprender de memoria” y “el buen uso de la frustración”.

 ¿El ejercicio de la memoria debe ser un fin en sí mismo? No sé muy bien cómo funciona nuestro cerebro desde un punto de vista científico, pero sí tengo experiencia de campo por haber sido primero estudiante y luego profesora. El desarrollo de la memoria y su cuidado posterior a lo largo de toda nuestra vida es importante. Esta facultad nos permite enfocar las situaciones dentro de un contexto, establecer relaciones entre eventos, tener una base de conocimientos básicos para poder ahondar más en cualquier materia; desarrolla conexiones neuronales y ejercita nuestro músculo más importante, con todo lo que conlleva para nuestra vida cotidiana.

 La memoria es la que mantiene nuestros momentos más queridos en el presente y nos permite disfrutar de un acontecimiento futuro con el recuerdo de placeres pasados. Y habrá gente que diga: “Sí, pero para eso no es necesaria la tediosa tarea de memorizar”. Entonces, ¿cómo consigues que esa gran amiga esté en forma para que te brinde sus mejores cualidades y beneficios?

La memoria es la que mantiene nuestros momentos más
queridos en el presente

 ¿Y la frustración? Es necesario enfrentar a nuestros alumnos a un sistema en el cual, mediante calificaciones, no solo se les informe de la consecución de resultados a nivel personal, sino también en comparación con otros. Muchos gritan contra la frustración que esto puede producir, pero ¿es que la vida no es así? No estoy hablando de la vida que nos presentan Walt Disney y algunos sectores de la población, sino de la vida de verdad. Pongamos por ejemplo la naturaleza, tan alabada por algunos y en mi opinión tan ferozmente “natural”. ¿Todos los leones son iguales? ¿Obtienen los mismos resultados una vez que se les retira la protección de su manada? Pues si nos fiamos de los documentales de la TV, parece ser que no. Gracias a Dios, nuestra sociedad no es tan magníficamente “natural” y a lo largo de nuestra historia hemos ido colocando instrumentos y leyes para igualar las diferencias que naturalmente se producen.

 La capacidad de conocer y aceptar los resultados de nuestros esfuerzos con niveles de frustración aceptables también es un fin en sí misma. Nos permite analizar si el esfuerzo invertido era el correcto o valorar la posibilidad de que tal vez partimos de posiciones distintas con respecto a otros, lo que va a hacer necesario que el otro o yo invirtamos más para equiparar los resultados. La capacidad de aceptar el fracaso para luego analizarlo y volver a intentarlo o, dicho en otras palabras, utilizar la frustración para aprender y lograr mejores resultados es fundamental para cualquier persona, porque todos fracasamos a lo largo de nuestras vidas. Todos tenemos pequeños y grandes fracasos, y es nuestra capacidad para analizar la situación y sacar conclusiones lo que va a hacer posible que sigamos creciendo y desarrollándonos como personas, permitiéndonos lograr nuestras metas. La vida no es un cuento, la vida es bella y dura. Los alumnos que sepan enfrentarse a la frustración y actuar correctamente en consecuencia tienen posibilidades de ser “felices”; a quienes no sean capaces de hacerlo, solo les quedará echar la culpa a otros.